La historia más fascinante de la Mitología Griega

En la isla de Creta vivía una criatura con el cuerpo de un hombre y la cabeza de un toro. Todos la llamaban el Minotauro y su aspecto asustaba a cualquiera.
El rey Minos, temiendo la ferocidad del Minotauro, pidió al inventor Dédalo y a su hijo Ícaro que construyeran un laberinto tan complicado que nadie pudiera encontrar la salida. Pasillos que giraban sin sentido, puertas que no conducían a ninguna parte, sombras que confundían incluso a los más valientes. Allí encerraron al Minotauro, lejos del mundo exterior.
Cada año, jóvenes de distintas ciudades eran enviados al laberinto como sacrificio. Nadie regresaba. Hasta que un día llegó Teseo, un héroe ateniense que no quería fama ni recompensas. Solo quería que nadie más tuviera que entrar allí.
Ariadna, la hija del rey Minos, vio el valor de Teseo y decidió ayudarlo. Le entregó un ovillo de cuerda roja, tan brillante que parecía encenderse en la oscuridad.
—Ata un extremo a la entrada —le dijo—. Y ve desenrollándolo mientras avanzas. Cuando busques la salida solo debes ir enrollándolo.
Teseo se adentró en el laberinto, guiado solo por la cuerda y su determinación. Tras recorrer pasillos interminables, encontró al Minotauro. Tras una dura lucha, logró derrotarlo.
Agotado pero vivo, siguió el hilo rojo hasta la salida. Y por primera vez, alguien regresó del laberinto.

